Alberto Jiménez Fraud

October 28, 2016

 

 

 

 

WELLINGTON PLACE es apenas un pequeño callejón, un cul de sac que emerge o termina (según se quiera) en la ancha St. Giles, justo junto al famoso Eagle and Child, a espaldas de Regent’s Park College. O lo era, hasta hace unos años: ahora, cerrado al acceso público mediante una sólida cancela, es propiedad de uno de los más ricos colleges de Oxford, una ciudad cuyas vecindades y propiedades más apetecibles han terminado en manos de sus instituciones educativas más famosas o en las de los traficantes financieros de la City londinense y sus congéneres.

 

En el número 2 de Wellington Place se encuentra la casa —un elegante, sólido, substancial casón dieciochesco— en que vivió durante muchos años Alberto Jiménez Fraud. Malagueño, cursó estudios universitarios en Granada y luego en Madrid, donde fue alumno de Francisco Giner de los Ríos, y se convirtió en discípulo dilecto suyo. No tardó en estar asociado al impulso de la Institución Libre de Enseñanza y, luego, de la Junta para la Ampliación de Estudios, protagonistas cruciales de uno de los pocos momentos de su historia en que España pudo sentirse orgullosa de sí, iniciativas que, por consiguiente, fueron destruidas con minuciosa saña por otros españoles.

 

Austero, intelectualmente distinguido, comprometido con los proyectos culturales surgidos a la fecunda sombra de Giner y los suyos, Alberto Jiménez Fraud aceptó, antes de la treintena, hacerse cargo de la dirección de la Residencia de Estudiantes. Jiménez Fraud dio a la Resi, como dieron en llamarla alguno de sus habitantes más insignes, la impronta de su carácter: sobriedad, austeridad, rigor institucionalista, excelencia (cuando todavía no se llamaba así) intelectual, impulso de convertir España en un lugar mejor, mediantes la cultura, el saber y la ciencia como elementos fundamentales de dicha empresa. Guiada por la mano discreta y retirada de Jiménez Fraud, la Residencia, en sus modernos y sobrios edificios de ladrillo rojo sitos en los Altos del Hipódromo, con sus sillas de anea, sus pupitres de madera de pino sin barnizar, sus jardines con adelfas, y, sobre todo, con sus ilustres residentes y sus deslumbrantes actividades culturales, fue parte gloriosa del esplendor cultural español de hace un siglo.

 

 

Alberto Jiménez Fraud (sentado, primero por la izquierda) junto a, entre otros, Américo Castro (a su izquierda) y Juan Ramón Jiménez (de pie) en los jardines de la Residencia, en algún momento a finales de la década de los veinte o comienzos de la de los treinta del siglo XX.

 

 

Es bien sabido que al final de la década de los treinta del siglo XX la historia de España terminó, una vez más, mal. Como dije, la Residencia, la Junta, la Institución, el Centro —sustantivos que, escritos con mayúscula y en este contexto no requieren de más precisiones— fueron minuciosamente destruidos, y sus despojos repartidos entre los vencedores. Algunos estudiantes de Enseñanza Media tuvimos la suerte de ocupar los espacios en que en tiempos fueron sentidas las presencias de Buñuel, Lorca, Dalí, Moreno Villa, Alberti, Guillén, Juan Ramón, Severo Ochoa, Américo Castro, Menéndez Pidal, Unamuno, Alfonso Reyes, Falla, el ubicuo Ortega y Gasset, Azorín, Pedro Salinas, Blas Cabrera, Federico de Onís, d'Ors, Altolaguirre, donde se oyeron las voces de Bergson, Einstein, Howard Carter, Chesterton, Paul Valéry, Marie Curie, Stravinski, Paul Claudel, H.G. Wells, Max Jacob, Le Corbusier, Keynes y muchos otros. Nadie, salvo un profesor de literatura española en nuestro curso preuniversitario, nos lo dijo. Nadie nos dijo jamás que todo esto sucedió, en muy gran medida, gracias a la labor eficaz, callada y discreta de Alberto Jiménez Fraud.

Jiménez Fraud, que había visitado Oxford (y Cambridge) en los primeros años del siglo pasado buscando en sus colleges modelos para la Residencia, hubo de exiliarse, como tantos otros, y tras pasar por París y Cambridge, Oxford fue finalmente el lugar donde se asentó, con su mujer, Natalia Cossío, y sus dos hijos, llamado (nos dice don Julio Caro Baroja, que lo trató y le dedicó una viva semblanza) por W.J. Entwistle, por entonces titular de la cátedra Rey Alfonso XIII de Estudios Hispánicos de su universidad.

En Oxford desarrolló, sin perder su habitual austeridad y modestia, una carrera docente en el ámbito de los estudios hispánicos como lector de español, hasta su jubilación en 1954. Nos dice Caro Baroja:

 

No creo que se dejó vencer nunca por las posibles seducciones de Oxford. Tenía derecho —por ejemplo— a inscribirse en un college. No lo hizo. Sus amigos fueron desapareciendo y él se aisló cada vez más. Un día la administración universitaria hubo de enterarse, con algo de sorpresa, de que el lector de español, que parecía un hombre maduro, pero no más, había pasado ya la edad de jubilación. En 1954 dejó su humilde cargo y siguió trabajando, distante ya de todo lo divino y lo humano[1].

 

Vida callada, austera, retirada y discreta la suya, ejemplo de esa tercera España que hoy con justicia muchos vindican, hubo de trabajar aún más intensamente tras de su jubilación para sostener a su familia. Regresó a Madrid en 1963, y de ahí se trasladó a Ginebra, ya pasados los ochenta, a fin de prestar servicios profesionales como traductor. Un catarro mal curado acabaría con su vida en esa ciudad suiza el 23 de abril (no todo ha de ser Cervantes o Shakespeare) de 1964. Como dice Julio Caro, la suya fue una “muerte de viejecito emigrante meridional” (p. 231), un fin modesto, triste y callado para una vida ejemplar de sacrificio y trabajo para la comunidad. Suficiente, en estos tiempos como en cualquiera otros, para ser ignorado por la mayoría. No suficiente, al parecer, para ser ignorado por la estupidez de la censura franquista, que no permitió que la edición que Alianza Editorial publicó en 1971 de su Historia de la universidad española apareciera bajo su nombre íntegro, sino bajo su forma truncada de Alberto Jiménez.

 

 

Dr Juan Carlos Conde.

 

 

[1] Julio Caro Baroja, “Don Alberto Jiménez Fraud o el servicio intelectual”, Revista de Occidente, 16 (julio de 1964), 103-109. Reimpreso en el libro del mismo don Julio, Semblanzas ideales (Madrid: Taurus, 1972), pp. 225-232, lo citado en p. 230.

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