Lorenzo Lucena

April 27, 2017

 

 

Ortega postula que la vida del hombre es una permanente colisión con el futuro en la que uno nunca es la suma de lo que fue, sino de lo que anheló ser. Esta aseveración, quizá incierta para la mayoría de los mortales, es sin duda apropiada para Lorenzo Lucena.

 

Nacido en la primavera de 1807, Lucena pasó su infancia en la localidad andaluza de Aguilar de la Frontera, bajo ramas de olivo y soportales de piedra. Su padre fue notario y apoyó a los liberales durante el trienio constitucional. Su hermano mayor descreyó de la política y se hizo sacerdote. A los catorce años de edad, Lucena decidió seguir sus pasos e ingresó en el Seminario de Córdoba. Allí destacó por su “capacidad superior” y gran “aptitud para cualquier cargo literario” y a los veintiún años logró la Cátedra de Teología. Sus compañeros y maestros le auguraban una fulgurante carrera eclesiástica. Pero la vida de Lucena dio un giro inesperado. En enero de 1836, renunció a su cargo, consiguió un pasaporte falso (se lo compró al alcalde de Benamejí) y escapó a Gibraltar, donde renegó de la fe católica y se hizo anglicano. Sus biógrafos han apuntado diversas razones para explicar esta conversión repentina: crisis de vocación, desavenencias con el obispado, admiración hacia la Reforma cultivada secretamente por su padre... Menéndez Pelayo añade una explicación más trivial y quizá por ello más verdadera: Lucena estaba “locamente enamorado” de una prima suya llamada Micaela Castilla, quien de hecho le acompañó en su huida.

 

La pareja de fugitivos se presentó ante el cónsul británico de Gibraltar el 19 de enero de aquel 1836 con una maleta desvencijada y las manos entrelazadas. Se casaron cinco días más tarde por el rito protestante. Alquilaron una casa, hicieron amistades y permanecieron en el Peñón doce años. Micaela crio a dos hijas. Lucena trabajó como párroco, traductor y teólogo anglicano.

 

En Gibraltar fueron felices. Pero la nostalgia pudo más que la devoción y Lucena quiso regresar a España. En julio de 1844, envió una carta al Secretario de Estado de Asuntos Exteriores, George Hamilton Gordon, pidiéndole la condición de ciudadano británico bajo el siguiente motivo:

 

“Que el que escribe esta memoria, por su renunciación de la Iglesia de Roma y su expatriación voluntaria, está sujeto a ciertos estatutos penales severos, los cuales, sin la protección de esta condición, le pondrían en considerable peligro personal. Que el que escribe esta memoria tiene padre y familia con los cuales sigue conectado por los lazos de sangre y afecto, y que es su deseo visitar de vez en cuando.”

 

La respuesta del gobierno llegó un mes más tarde, bajo el membrete de Downing Street: 

 

“El gobierno de Su Majestad, habiendo tenido en su consideración la rogativa de esta memoria, es de la opinión que no hay medios por los cuales el señor Lucena pueda librarse de su lealtad a la corona española y que, si él volviera a España, el gobierno de Su Majestad no podría salvaguardarle contra las leyes del país.”

 

Cansado de la vida gibraltareña e incapaz de regresar a su tierra natal, Lucena resolvió explorar nuevos horizontes y en 1849 se embarcó con su esposa e hijas a Liverpool. Allí trabajó como párroco para la pequeña comunidad de españoles anglicanos que había en los barrios del puerto, publicó nuevas traducciones y puso en marcha redes clandestinas que llevaban biblias y tratados protestantes a las colonias de Filipinas, Cuba y Puerto Rico. También comenzó a dar clases de español en la Royal Institution. Esta ocupación le abrió las puertas a un destino inesperado.

 

En diciembre de 1857, la Taylorian Institution decidió crear la primera professorship de lengua y literatura españolas en la Universidad de Oxford. Lucena envió su candidatura junto con nueve cartas de recomendación y ganó la plaza. Se estableció con su familia en una casita en Walton Street, en el barrio de Jericho, y comenzó a dar clases 23 de abril de 1858. No abandonó este puesto hasta su muerte, veintitrés años más tarde.

 

​Durante aquel tiempo, Lucena creó el primer syllabus de Spanish en Oxford y dio a imprenta varios trabajos, entre los que destaca una nueva edición de la antigua Biblia de Casiodoro de Reina y Cirpiano de Valera, que fue publicada por la Oxford University Press en 1862. Lucena también coordinó las primeras compras de libros en castellano para las bibliotecas de la universidad. En la Bodleiana aún se conserva un cuadernillo amarillento en el que se recogen sus sugerencias para la compra de ejemplares de autores como Francisco de Rojas, José Zorilla y José María de Pereda.

 

Lucena murió en Oxford el 24 de agosto de 1881. Lo enterraron en el St Sepulchre’s Cemetery (St Paul section: row 38, grave H3), bajo un gran abeto cubierto de yedra. En su lápida aún puede leerse “Reverendo Lorenzo Lucena M.A., que dejó esta vida con 74 años.”

 

 

Dr. Diego Rubio

 

 

 

 

 

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